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Full text of "Nelida Madoz Gascue 1931 En Defensa De La Mujer"

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FN DEFENSA 

DE LA MUJER 


LEVADURA A UN TRABAJO 
MAS 

CONCIENZUDO Y ERUDITO 


PRECEDIDO DE ANTECEDENTES 
QUE INTERESAN A TODAMUJER 

POR 

M. a Nélída Madoz Gascue de Bartesaghí 


TALLERES GRÁFICOS 

"EL DEMÓCRATA” 

XTUZAINGÓ 1510 


MONTEVIDEO 

1031 





EN DEFENSA 
DE LA MUJER 


LEVADURA A UN TRABAJO 
MAS 

CONCIENZUDO Y ERUDITO 


PRECEDIDO DE ANTECEDENTES 
QUE INTERESAN A TODA MUJER 

POR 

M. a Nélída Madoz Gascue de Bartesaghí 


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EL DEMÓCRATA” 

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1931 



CON LAS DEBIDAS LICENCIAS 



Los derechos políticos 
de la mujer 


“Actualmente, y para el mayor beneficio de sus propios pue¬ 
blos las mujeres de 25 naciones poseen los mismos derechos 
políticos que los hombres”. (Nota del congreso feminista de la 
Alianza mundial para el sufragio femenino 
realizado en Berlín, 1929, al Consejo Nacional 
de Administración, elevado en mensaje a la 
Asamblea Nacional del Uruguay). 

Han reconocido los derechos políticos femeninos, en alguna 
forma, completa o limitada, los países siguientes: 

ALEMANIA: Sufragio integral, es decir: derecho a ser elec¬ 
toras o elegidas, para todos los cargos electivos. 

AUSTRALIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad 
para los Consejos Municipales, los Parlamentos de cada Estado 
y el Parlamento Federal. 

AUSTRIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
los Consejos Municipales y el Parlamento (unitario). 

BELGICA: Sufragio Municipal, electorado y elegibilidad. Pa¬ 
ra los Consejos Provinciales y Parlamento, elegibilidad pero no 
electorado sino para una categoría determinada de mujeres. 



— 4 — 

CANADA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad, para 
todos los cuerpos electivos en las Provincias o en el dominio 
federal, con excepción del Senado. En la Provincia de Quebec, 
la única de tradición francesa, nada conseguido aún. 

CHECO ESLOVAQUIA: Sufragio integral, electorado y ele¬ 
gibilidad para todos los cuerpos electivos. 

DINAMARCA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad 
para toda clase de cargos. 

ESTADOS UNIDOS: Sufragio integral, electorado y elegibi¬ 
lidad para toda clase de cargos electivos. 

ESTONIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
todos los cargos electivos. 

FINLANDIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad 
para todos los cargos electivos. 

GRAN BRETAÑA: Sufragio integral, electorado y elegibili¬ 
dad en las mismas condiciones que los hombres. 

HUNGRIA: Sufragio parlamental para las mujeres de más 
de 30 años, mientras que la mayoría política de los hombres 
es de 21 años. 

INDIAS INGLESAS: Electorado pero no elegibilidad en las 
Provincias de Bombay, Madras, Provincias Unidas, Assan y 
Bengala. En Bombay, electorado y elegibilidad en materia mu¬ 
nicipal. 

INDIAS INDIGENAS: Sufragio reconocido en los Estados 
de Cochín, Travencore, Jahalwar y Mistore. 

ISLANDIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
todos los cargos electivos. 

JAMÁICA: Sufragio, reconociendo el derecho a elegir, pero 
no a ser elegidas. 

* KENIA: (Africa Oriental inglesa) sufragio integral para 
todos los cuerpos electivos. 

LETONIA: Electorado y electividad, sufragio integral para 
todos los cuerpos electivos. 

GRAN DUCADO DE LUXEMBURGO: Sufragio integral, 
electorado y elegibilidad para todos los cuerpos electivos. 

LITUANIA: Sufragio integral, elegibilidad y electorado para 
todos los cuerpos electivos. 

NORUEGA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
todos los cuerpos electivos. 

NUEVA ZELANDIA: Sufragio integral, elegibilidad y elec¬ 
torado para todos los cuerpos electivos. 

PALESTINA: Las mujeres no tienen derecho de voto parla¬ 
mentario, pero tienen derecho de elegibilidad y de voto en la 
Asamblea Nacional Judía. 

HOLANDA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
todos los cuerpos electivos. 

POLONIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
todos los cuerpos electivos. 

RODESIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 



— 5 — 


todos los cargos electivos. (Rodesia es una colonia inglesa del 
Africa Oriental). 

RUSIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para to¬ 
dos los cargos electivos. 

SUECIA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad para 
todos los cargos electivos. 

SUD AFRICA: Sufragio integral, electorado y elegibilidad 
sin excepciones. 

TERRA NOVA: Sufragio político, electorado y elegibilidad 
para las mujeres de más de 30 años, mientras que la mayoría 
política de los hombres es 21 años. Sufragio municipal: electo¬ 
rado pero no elegibilidad. 

Hemos de agregar a esta lista: 

ITALIA: Voto municipal para las mujeres de más de 25 
años, calificado para cierta clase de mujeres, a saber: con de¬ 
terminada instrucción o que pagan determinada cifra de im¬ 
puestos, o que tienen medalla de guerra o son madres o viudas 
de caídos en la guerra. 

GRECIA: Voto Municipal, electorado y elegibilidad. 

ESPAÑA: Voto Municipal calificado, elegibilidad. Once mu¬ 
jeres han sido designadas para la Asamblea Nacional Consti¬ 
tuyente. Numerosas mujeres conséjalas y algunas alcaldesas. 

RUMANIA: Voto Municipal, electorado y elegibilidad. Sufra¬ 
gio político calificado (1929). 

TURQUIA: Sufragio Municipal calificado (1929). 

De manera que: 

En EUROPA 23 PAISES han reconocido total o parcialmente 
los derechos políticos de la mujer. 

Se han reconocido total o parcialmente los derechos políticos 
de la mujer: en ASIA, TRES REGIONES: Palestina, India 
inglesa, e India independiente. 

EN AFRICA CUATRO: Kenia, Rodesia, South Africa, y las 
Islas de San Vicente. EN OCEANIA, DOS: Australia y Nueva 
Zelandia. 

EN AMERICA INGLESA, TODOS. Canadá, Estados Unidos, 
Jamaica, Trinidad y Tobago (en las Antillas). 

EN EUROPA solamente Francia, Suiza, Portugal y parte de 
los Balcanes se mantienen completamente inaccesibles a las 
mujeres. 

EN AMERICA LATINA, CON EXCEPCION DE LA PRO¬ 
VINCIA DE SAN JUAN EN LA REPUBLICA ARGENTINA 
Y EL ESTADO DE RIO GRANDE DO NORTE, LAS MUJE¬ 
RES ESTAN TOTALMENTE DESPROVISTAS DE DERE¬ 
CHOS POLITICOS. 




Leyes desfavorables a la mujer 
que debieran reformarse. 


CODIGO CIVIL 


Art. 81. “Los esponsales, o sea la promesa de matrimonia 
mutuamente aceptada, es un hecho privado, que la ley somete 
enteramente al honor y conciencia del individuo, y que no pro¬ 
duce obligación alguna en el fuero externo. 

No se puede alegar esta promesa, ni para pedir que se efectúe 
el matrimonio, ni para demandar indemnización de perjuicios”. 

Art. 106. “Los hijos que no hayan cumplido veinticinco años, 
siendo varones, y veintitrés siendo mujeres, necesitan para ca¬ 
sarse el consentimiento expreso de su padre legítimo o a falta 
de padre legítimo el de la madre legítima, o a falta de ambos, 
el del ascendiente o ascendientes legítimos en grado más pró¬ 
ximo. En este último caso, en igualdad de votos contrarios, pre¬ 
ferirá el favorable al matrimonio. 

Art. 109. “Los hijos naturales reconocidos que no hayan 
cumplido la edad señalada de veinticinco o veintitrés años, res¬ 
pectivamente, según el art. 106, estarán obligados a obtener 
el consentimiento del padre o madre que los haya reconocido, 
con las formalidades legales; y si ambos los han reconocido y 
viven, el del padre. A los efectos de este artículo, etc.”. 

Art. 114. “La madre viuda o divorciada, en el caso del ar- 



— 8 — 


tículo anterior, tiene además el deber de acreditar que ya se ha 
provisto a sus hijos de tutor; quedando sujeta a lo prevenido 
en el título de la patria potestad. La madre del hijo natural 
reconocido por ella que trate de casarse queda sujeta a lo que 
dispone el inciso anterior y el Art. 294. 

Art. 129. “El marido tiene derecho para obligar a su mujer 
a vivir con él, y seguirle a donde quiera que traslade su resi¬ 
dencia. Cesa ese derecho cuando su ejecución acarrea peligro 
inminente a la vida de la mujer, según el discreto juicio de los 
Tribunales. La mujer, por su parte, tiene derecho a que el ma¬ 
rido la reciba en su casa. El marido debe suministrar a la mujer 
lo necesario, según sus facultades, y la mujer tendrá igual obli¬ 
gación respecto del marido, si éste careciese de bienes. 

Art. 180. “Por el hecho del matrimonio se contrae sociedad 
de bienes entre los cónyuges, y toma el marido la administra¬ 
ción de los de la mujer, según las reglas, etc.. ..” 

Art. 131. “La mujer no puede contratar ni parecer en juicio 
sin licencia de su marido. 

Art. 134. “La mujer no puede adquirir por título oneroso ni 
lucrativo, sin la venia del marido. 

Art. 135. “Si la mujer es menor, además de la venia del ma¬ 
rido necesitará la del Juzgado para los actos de que habla el 
Art. 310 sobre los menores habilitados”. 

Art. 136. Si el marido es menor, además de su venia necesita 
la mujer, de la judicial para presentarse en juicio y para los 
actos indicados en el sobredicho artículo 310”. 

Art. 138. “La licencia del marido puede ser general para to¬ 
dos los actos en que la mujer la necesite o especial para una 
clase de negocios o para negocio determinado. 

Art. 139. “El marido podrá revocar a su arbitrio, sin efecto 
retroactivo la licencia general o especial que haya concedido a 
su mujer. 

Art. 142. “Si la mujer casada ejerce públicamente una profe¬ 
sión o industria cualquiera (como la de directora de colegio, 
maestra de escuela, actriz, obstetriz, posadera, nodriza) se pre¬ 
sume la autorización general del marido para todos los actos 
y contratos concernientes a esa profesión o industria, mientras 
no intervenga reclamación o protesta de su marido, notificada 
de antemano al público o especialmente al que contratare con 
la mujer”. 

Art. 148. “La separación de cuerpos solo puede tener lugar: 


l. 9 Por el adulterio de la mujer en todo caso, o por el del ma¬ 
rido cuando lo comete en la casa conyugal o cuando se produzca 
con escándalo público o tenga el marido concubina. 




— 9 — 


Art. 154. “En todos los casos al proveer sobre la demanda 
o .antes de ella en caso de urgencia apreciada por el Juez a ins¬ 
tancia de parte, el Juzgado decretará la separación provisoria 
de los cónyuges y si el marido lo solicitare, ordenará también 
el depósito de la mujer en una casa honesta dentro de los lími¬ 
tes de su jurisdicción. 

Salvo convención entre los cónyuges respecto de donde per¬ 
manecerá la mujer durante el juicio, el Juez, deberá preferir en 
lo posible alguna casa de parientes de aquella. Conjuntamente 
con las providencias de que hablan los incisos anteriores, se 
determinará la situación provisional de los hijos menores así 
como las cantidades que han de prestarse a la mujer, y los hijos 
que no quedaren en poder del padre y las expensas necesarias 
a Ja mujer para el juicio. 

El Juzgado fijará ambas cantidades, teniendo en considera¬ 
ción las circunstancias del caso. 

Art. 175. “En caso de que resolviese el Juez no conceder la 
guarda de los menores a ninguno de los cónyuges deberá optar 
entre los hermanos mayores de edad, el abuelo paterno, el ma¬ 
terno y las abuelas siempre que se conserven viudas”. 

Art. 182. Si la separación se verificase por adulterio de la 
mujer, perderá esta su derecho a los bienes gananciales. 

Art. 252. “La patria potestad es el conjunto de derechos que 
la ley concede a los padres en las personas y bienes de sus. 
hijos menores de edad. 

La madre sucede al padre en la patria potestad con todos sus 
derechos y obligaciones, sin perjuicio de lo que disponen los ar¬ 
tículos siguientes”. 

Art. 253. “En los casos en que el padre pierda la patria po¬ 
testad de pleno derecho, cualquiera de las personas designadas 
en el artículo 289 podrá en todo tiempo, solicitar del Juez com¬ 
petente la declaración sobre si la madre ha de seguir ejerciendo 
ios derechos de la patria potestad y con que limitaciones. Esa 
petición etc.. . ” 

Art. 254. “Cuando el Juez declare la pérdida de la patria 
potestad del padre en virtud de algunos de los hechos estable¬ 
cidos en el Art. 285 deberá decidir en la sentencia, si la patria 
potestad de los hijos presentes y futuros pasa a la madre con 
todos sus derechos o limitadamente o si el menor será puesto 
bajo la tutela de otra persona o del Estado”. 

Art. 261. “Los padres tienen la facultad de cowegir modera¬ 
damente a sus hijos, y cuando esto no bastare, podrán ocurrir 
al Juez para que les imponga la pena de detención hasta por un 
mes en un establecimiento correccional. Bastará al efecto la 
solicitud verbal del padre, y, en vista de ella, expedirá el Juez 
la orden de arresto, que el padre podrá hacer cesar a su arbi¬ 
trio. 



. — 10 — 


Art. 266. “El padre, o la madre en su caso, tiene el usufructo 
de todos los bienes de sus hijos legítimos que estén bajo su 
patria potestad con excepción de los siguientes. 


Art. 267. “El padre es el administrador legal de los bienes 
de los hijos que están bajo su potestad, aún de aquellos bienes, 
de que no tengan el usufructo”. Sin embargo el hijo de familia 
tendrá la administración del peculio profesional o industrial, 
para cuyo efecto se le considera como emancipado o habilitado 
de edad. Tampoco tiene el padre la administración de los bienes 
donados o dejados por testamento a los hijos, bajo condición de 
que aquel no los administre. 

i\rt. 268. “La condición de que no administre el padre, im¬ 
puesta por el donante o testador, no se entiende que le priva 
del usufructo, ni la que le priva del ususfructo se entiende que 
le quita la administración, a menos que se exprese lo uno y lo 
otro por el donante o testador.’ 

Art. 269. “El padre o madre en su caso tiene, relativamente 
a los bienes del hijo, en que la ley le concede el usufructo, las 
obligaciones de todo usufructuario, excepto la de afianzar. 
Respecto de aquellos bienes en que no se le concede el usu¬ 
fructo, y sí la administración es responsable para con el hijo, 
de la propiedad y los frutos. 

Art. 273. “El Juez, a instancias de los parientes o del Minis¬ 
terio Público podrá quitar al padre o madre en su caso, la 
administración de los bienes de los hijos, probándose que es 
ruinosa al haber de estos. Llegado ese caso, el Juez encargará 
la administración a un curador especial (Art. 458) y éste en¬ 
tregará al padre o madre, el sobrante de rentas de aquellos 
bienes en que la ley les da el usufructo, deducidos los gastos 
de administración. 

Art. 280. “La patria potestad se acaba: 


2.* Por la mayor edad de los hijos, sin perjuicio de lo dis¬ 
puesto en el título del “matrimonio”. Se fija la mayor edad 
en los veintiún años cumplidos. Sin embargo las hijas que no 
hayan cumplido treinta años, no podrán dejar la casa paterna 
sin licencia del padre o madre en cuya compañía se hallen, 
como no sea para casarse o cuando el padre o madre han con¬ 
traído ulteriores nupcias. 


Art. 294. “La madre viuda o divorciada que contrajere nue- 






— 11 — 


vas nupcias pierde la patria potestad sobre los hijos de su 
anterior matrimonio. La viuda o divorciada que teniendo hijos 
del matrimonio anterior cuyos bienes administre, quisiere pa¬ 
sar a nuevas nupcias, deberá denunciarlo previamente al ma¬ 
gistrado, para que se provea a esos hijos de tutor. 

Si así no lo hiciere, a más de guardarse lo dispuesto en el 
Art. 115 ella y su marido quedarán solidariamente responsa¬ 
bles de la administración, extendiéndose la responsabilidad 
del marido aún a los actos de la madre anteriores ¿1 nuevo 
matrimonio. 

Art. 329. “Los llamados a la tutela legítima del menor son: 

1. * El abuelo paterno, el materno y las abuelas, mientras 
éstas se conserven viudas. 

2. * Los hermanos varones del menor. Los parentescos de¬ 
signados en este artículo se entienden legítimos”. 

Art. 330. “Para confirmar o dar la tutela, el Juez, oyendo 
previamente al Ministerio Público, elegirá entre los ascendien¬ 
tes designados en el número 1 del artículo anterior, y a falta 
de éstos por cualquiera causa legal, entre los hermanos varo¬ 
nes, la persona que le pareciera más apta y que mejores se¬ 
guridades presentase”. 

Art. 352. “Son incapaces de toda tutela: 


2 .’> Las mujeres, a excepción de la abuela del menor que se 
conserve viuda. 


Art. 442. “Los hijos varones mayores de edad son curadores 
de su padre o madre viudos, declarados incapaces. Si hubiese dos 
o más hijos el Juez elegirá el que debe ejercer la curaduría. El 
padre y por su muerte o incapacidad la madre, son de derecho 
curadoras de sus hijos legítimos, solteros o viudos, que no ten¬ 
gan hijos varones mayores de edad, que puedan desempeñar 
la curaduría. 

Art. 967. “No puede ser albacea el menor, aún habilitado 
de edad (Art. 310). Ni la mujer casada o soltera. Pero la viuda 
podrá ser albacea de su marido difunto, bién que perderá el 
albaceazgo por el hecho de pasar a segundas nupcias. 

Art. 1054. “La mujer casada no puede aceptar ni repudiar 
la herencia sino con la venia del marido y en su defecto con 
la autorización del Juez (Arts. 131 y 134). En todo caso no 
puede aceptar sino con beneficio de inventario. 

Art. 1624. “La mujer casada no puede aceptar donaciones 
sino en la forma prevenida en el artículo 1054 inciso 1.*. 

Art. 1970. El marido es el jefe y único administrador de la 
sociedad legal. 





— 12 — 


Art. 1987. “Para que la mujer menor pueda pedir separación 
de bienes se requiere que sea autorizada por un curador es¬ 
pecial, sin perjuicio de la intervención que deberá darse al 
Ministerio Público. 

Art. 1988. El derecho para pedir la separación de bienes solo 
compete a la mujer, cuando la mala administración del marido 
le traiga el peligro de perder sus bienes propios o cuando hu¬ 
biese hecho concurso de acreedores. 

Art. 1990. El marido podrá oponerse a la separación de bie¬ 
nes, dando fianzas o hipotecas que aseguren los bienes de la 
mujer. 

Art. 2014. “La mujer no es responsable de las deudas de la 
sociedad, sino hasta la concurrencia de su mitad de ganan¬ 
ciales. 

Art. 2018. Disuelta la sociedad, la mujer o sus herederos 
podrán renunciar sus derechos a los gananciales, otorgándolo 
en escritura pública. No se permite esta renuncia a la mujer 
menor, ni a sus herederos menores, sino con aprobación judicial. 

Art. 2033. Solo el marido tendrá la administración de los 
bienes dótales durante el matrimonio, excepto los casos expre¬ 
samente previstos en el capítulo 2.° de este título (Arts. 1979 
y 2037). 


CODIGO DE PROCEDIMIENTO CIVIL 


Art. 11. “No pueden ser nombrados Jueces, los que no ten¬ 
gan veinticinco años de edad, los sordo-mudos, los ciegos, las 
mujeres, los que se hallen procesados por crimen o simple 
delito. 

Art. 108, “Son incapaces para litigar por sí mismos: los me¬ 
nores de edad, aunque hayan obtenido habilitación o emanci¬ 
pación (Art. 1273) la mujer casada, los dementes y los sordo¬ 
mudos que no saben leer y escribir. El juicio se seguirá con 
sus representantes legales. 

Art. 109. “La mujer casada, siendo mayor de edad, podrá 
litigar por sí, con venia de su marido. 

Art. 110. “Si el marido es menor, la mujer necesita la venia 
judicial además de la del marido. 

Art. 155. “Puede ser procurador todo hombre que tenga vein¬ 
tiún años de edad; las mujeres solo pueden serlo por sus ascen¬ 
dientes o descendientes y por sus maridos. 

Art. 539. “Pueden ser árbitros los ciudadanos y los extran¬ 
jeros que sepan leer y escribir, tengan veinticinco años de edad, 
y estén en el pleno ejercicio de sus derechos civiles. Los árbi¬ 
tros serán siempre nombrados en número impar. 



CODIGO DE COMERCIO 

Art. 11. “El hijo mayor de 18 años, que fuere asociado al 
comercio del padre o que con su autorización justificada por 
escrito, estableciere una casa de comercio será reputado eman¬ 
cipado y mayor para todos los efectos legales, en las negocia¬ 
ciones mercantiles. La autorización otorgada, no puede ser 
retirada al hijo sino por el Juez, a instancia del padre y previo 
conocimiento de causa. 

Art. 15. “El matrimonio de la mujer no altera sus derechos 
y obligaciones relativamente al comercio y actos del gerente 
o factor. Se presume autorizada por el marido mientras este 
no manifieste lo contrario por circular dirigida a las personas 
con quienes ella tuviese relaciones comerciales, inscripta en el 
Registro de Comercio respectivo y publicada en los periódicos 
del lugar. 

Art. 16. “Cuando una mujer entra en sociedad de comercio, 
no goza de los derechos ni tiene las obligaciones’ de comercian¬ 
te, salvo que se estipule expresamente y se haga público, que 
tendrá parte en la gestión de los negocios sociales. 

Art. 18. “La mujer casada, mayor de 18 años, puede ejercer 
el comercio, teniendo autorización de su marido, dada en escri¬ 
tura pública debidamente registrada, o estando legítimamente 
separada por sentencia de divorcio perpetuo. En el primer caso 
están obligados a las resultas del tráfico, los bienes dótales 
de la comerciante y todos los derechos que los cónyuges tengan 
en la comunidad social; y en el segundo, lo estarán solamente 
los bienes de que la mujer tuviese la propiedad usufructo o 
administración cuando se dedicó al comercio, los dótales resti¬ 
tuidos por sentencia y los adquiridos posteriormente. 

Art. 20. “La mujer no puede ser autorizada por los jueces 
para ejecutar actos de comercio, contra la voluntad de su 
marido. . 

Art. 22. “La autorización del marido para ejercer actos de 
eomercio solo comprende los que sean de este género. La mujer 
autorizada para comerciar no puede presentarse en juicio, ni 
aún por los hechos o contratos relativos a su comercio, sin la 
venia expresa del marido o la judicial en su defecto. 

Art. 89. “Para ser corredores se requiere un año de domici¬ 
lio y veintiuno de edad. No pueden ser corredores: 

1 .’... 

2. ’ Las mujeres. 

3. ’. 

Art. 326. “El mandato se acaba: 


5. 9 Por el casamiento de la mujer comerciante que dió o re¬ 
cibió el mandato, cuando el marido negase su autorización en 
la forma determinada en el artículo 15. 






A mis hermanas compatriotas, 
y sobre todo a mis hermanas 
correligionarias 


No soy una intelectual, ni una abogada, ni siquiera una su- 
fraguista en él sentido ridículo que a esa palabra le dan los 
hombres, ni solterona de agriado carácter, ni esposa desgracia- 
da que se ha sublevado ante el proceder indigno de un mal 
marido; nada de eso, soy una mujer tranquila, muy femenina 
y amiga del hogar, muy maternal y enamorada de su esposo. 
Nunca me apasionó la política, ni los problemas cívicos, ya 
que no m,e era dado intervenir en ellos . Y la razón por la cual 
ahora yo — siendo tan pacífica — tomo pluma en ristre, y si 
fuera necesario, sable en mano, para combatir por mis ideales 
políticos, es: que hojeando a hurtadillas los pesados códigos en 
los cuales estudia mi noble compañero, he visto dentro de ellos, 
muchas cosas feas, indignas de la época en que actuamos, mu¬ 
chas leyes absurdas con vistas al salvajismo, que denigran y re¬ 
bajan al sexo femenino, legal y socialmente, y, estando algunas 
de esas leyes en vísperas de ser derogadas, yo, que tengo una 
hija, al pensar que su situación económica y social — aunque 
en modo indirecto — depende de los legisladores, siento que es 



— 16 — 


un deber para mí, que soy madre, intervenir si es posible en la 
formación de las leyes nuevas para que no haya en ellas nada 
que afecte desfavorablemente la seguridad e independencia eco¬ 
nómica y social de esa hija mía y para que en lo venidero sea 
ella considerada como ser libre y capaz, muy dueña de hacer 
de sí, y de sus cosas lo que créa más conveniente prescindiendo 
del factor (hoy indispensable): el hombre sea hermano, marido 
o Juez. Además, me da lástima que: mientras las libre-pensado¬ 
ras, se aprestan a pedir de los legisladores, el goce legal de lo 
que ellas creen: sus legítimos derechos, tales como: proteger 
en forma tan exagerada (que es poco menos que ensalzar) no 
solo a la mujer caída, sino a la reincidente y aún a la de vida 
evidentemente mala; nosotras, las católicas , nos crucemos de 
brazos ante problemas tan graves, de tanta trascendencia y 
que nos tocan tan de cerca. 

Ééspetando pues, la opinión de las autoridades eclesiásticas 
que todavía no se han pronunciado sobre el particular y aca¬ 
tando desde ya lo que ellas resuelvan, yo me permito hacer 
un llamado a todas ¡as piadosas mujeres de , mi tierra, para que 
mediten conmigo sobre las consecuencias desastrosas que trae¬ 
ría aparejado el sufragio femenino y los demás derechos^i 
solo hicieran uso de él, las acatólicas, pues, si las católicas , 
permanecemos al margen del civismo solo se logrará engrosar 
las filas de los enemigos del catolicismo y contemplar mpávidas 
la promulgación de leyes que darán al traste con nuestros 
ideales religiosos. 

Si los hombres católicos — sin abandonar sus ocupaciones — 
han formado su propio partido, y hacen santo uso del sufragio 
y demás derechos que le acuerda la ley; por qué, las mujeres 
católicas — mientras no descuidemos los sagrados deberes fa¬ 
miliares y religiosos — no hemos de poder también usar del 
derecho de sufragio y los que le seguirán? Cristo, el Hombre- 
Dios . que elevó la dignidad de la mujer, pasándola de la baja 
condición de esclava, en que se encontraba a la categoría de 
Reina, al dictarnos sus sublimes mandamientos, no hizo un 
decálogo para los hombres y otro para las mujeres, sino uno 
solo para todos y todas. Y si a hombres y mujeres, los rige una 
misma ley divina, que en cuanto a los méritos y deméritos ño 
establece diferencia de sexos, qué de extraordinario tiene, que 
la mujer católica aspire ella también, a una perfecta y bien- 
entendida igualdad en lo que a las humanas leyes toca? Por 
eso, yo, que me enorgullezco de mi título de cristiana, al tratar 
temas tales como éste que traigo entre manos, no creo obrar 
mal ni salirme de mi círculo, antes bien, pienso que merecen 
ser estudiados también por las católicas por ser evidente opor¬ 
tunidad y porque con ellos entra en juego nada menos que el 
bienestar y... estabilidad de la sagrada institución de la 
familia. — M. N. M. de B. 



I 

El voto femenino 


Un país como el Uruguay, que se precia de estar a la van¬ 
guardia en materia de progreso, haciendo gala de una civiliza¬ 
ción avanzada, que se rige por leyes amparadoras y magnáni¬ 
mas que protegen al ciudadano, al obrero, al niño..., que 
admite las ocho horas, el descanso semanal, el sábado inglés, 
el derecho de los hijos naturales, y... probablemente, hasta 
el salario mínimo; es absurdo, es ridículo, que únicamente con 
respecto a la mujer, siga empleando normas estrechas y anti¬ 
cuadas, considerándola como un ser incapaz — especialmente 
a la mujer casada — como si fuéra indigna de las prerrogati¬ 
vas que se conceden aún a los ebrios, a los libertinos y a los 
analfabetos. 

La mujer, en la Cátedra, en la oficina, en la fábrica, en el 
hogar, y en todas las actividades públicas y privadas, desmien¬ 
te a cada momento, la supuesta inferioridad, que le han acha¬ 
cado los hombres, porque así le convenía a ellos. 

Se arguye en contra del voto de la mujer, que aún?no está 
preparada, para intervenir en las lides políticas, este argumen¬ 
to se puede refutar diciendo: que, si no se le da nunca oportu¬ 
nidad de desarrollar sus actividades cívicas, mal puede ella 
prepararse. 

Por regla general — diga lo que diga el elemento masculi¬ 
no — los hombres son contrarios a la concesión de sus derechos 
en favor de la mujer; y todos — partidarios o adversarios, se 
muestran excépticos al hablar de la futura actuación de la 
mujer, frente a las urnas..— Contra sus juicios aventurados, 
debemos oponer la consideración, de que — en materia de 
sufragio — las cosas van ¡tan mal! que por muy mal que 
fueran con la cooperación de la mujer no podrían agravarse 
y podemos tener la seguridad de que estando “tan mal no se 
puede estar peor” convénzanse de esto los señores legisladores 
y decídanse de una vez, a dar (como un regalo para el Cente¬ 
nario) el voto a la mujer, y con él, todos los derechos que la 
pondrán -en un pié de igualdad, frente al hombre. Y nosotras, 
las mujeres, aceptemos “de regalo” lo que siempre debió ser 
nuestro, y confiemos en que muy pronto, nuestros derechos 
“legítimos”, se transformarán en “derechos legales” mientras 
tanto preparémonos para actuar con lucidez cuando el mo¬ 
mento llegue dejando boqui-abiertos a los que no creían en 
nosotras. 




La mujer debe ejercer 
el derecho de sufragio 


Sería imperdonable, que una vez obtenido el sufragio, y las 
prerrogativas que le han de acompañar, la mujer se abstuviera 
de votar, aduciendo razones más o menos poderosas para no 
hacerlo, (entre otras: el cumplimiento de los deberes del hogar 
y la familia) indignas de ser tomadas en cuenta, ya que pre¬ 
cisamente, el hogar y la familia, están pidiendo a gritos la 
cooperación de la mujer, en las leyes que los rigen. 

Por buena voluntad que tengan los hombres, en ciertos as¬ 
pectos de la vida nacional, se hace necesaria la participación 
femenina, sobre todo en aquellos que exigen desinterés y ab¬ 
negación, para lo que son tan aptas las mujeres, maestras todas 
en el sufrir y en el querer. 

La mujer debe votar, está obligada a hacerlo; debe votar 
leyes que protejan al niño, a la familia, a la mujer en general 
y en particular a la mujer obrera, a la mujer esposa, y a la 
mujer madre; leyes dictadas por una sana moral, que reprima 
el mal en sus variadas faces, que castiguen a los que persiguen 
tenazmente a la joven, para arrastrarla a los lodazales del vi¬ 
cio; leyes, que protejan, sí, a la mujer caída pero sobre todo, 
leyes que eviten la caída que siempre fué mejor: “prevenir 
que curar” y como este tema “protección a la mujer” se presta 
a desarrollarlo extensamente he de dedicarle capítulo aparte, 
interesándome ahora tan solo (y en ello insisto) el convencer 
a la mujer, que debe votar porque el bien común lo exige. A 
votar, pues, aunque requiera gran esfuerzo de nuestra parte 
salimos de la vieja costumbre (enemiga acérrima del progre¬ 
so) desafiar el temor al ridículo, y romper las ataduras que 
nos ligan a viejos prejuicios. 



III 


Con que fin debe votar 
la mujer 


La mujer, al votar, debe hacerlo con el fin, de buscar su 
independencia social y económica, haciendo que se respeten 
y tomen en cuenta, su personalidad, sus derechos y sus ideales. 

Para empezar, debe la mujer ponerse al margen de las divi¬ 
siones partidarias actuales, no demostrando favoritismo por 
ninguna, solo así podrá hacer buena política, y tener con ella 
a todos los dirigentes, sean cuales fueren sus cintillos o divisas. 

Si la mujer se abstiene de votar, será muy difícil (por no 
decir imposible) que se promulguen leyes que la favorezcan y 
protejan, ya que solo a ella puede interesar este asunto; y para 
lograr su finalidad, es menester que vote, a los candidatos que 
ofrezcan mayores garantías morales, y en su defecto, elegirá 
eandidata, de esta manera el elemento femenino, tendrá repre¬ 
sentación en el Cuerpo Legislativo. 

No hay razón tampoco, para que la mujer esté tan al margen 
de la vida nacional, no interviniendo en ella ni mucho, ni poco, 
y es justo y es razonable, que en el país donde nacimos, ama¬ 
mos y sufrimos, donde vivimos y luchamos, compartiendo con 
el hombre, los mismos deberes y las mismas inquietudes, como 
él, tengamos participación en lo que a ese mismo país atañe. 
Por lo tanto, otro de los fines, que al votar perseguirá la mu¬ 
jer, será el de inquietarse viva y plenamente por todo lo que 
guarda relación con su patria, especialmente en todas las ma¬ 
nifestaciones de renovación y progreso, tomando parte activa 
en la elección de los hombres (o mujeres) que han de gober¬ 
narlo, y en las leyes que han de regirlo. Y quien dice: interés 
por el país, dice: interés por el hogar, la familia, los hijos, los 
problemas de su educación, y todo lo más caro a nuestros co¬ 
razones, ya que hogar, familia e hijos, son parte integrante 
del país, y por ellos, siquiera sea por ellos, tenemos el deber 
de votar, y de votar con altura de miras, persiguiendo siempre, 
los más elevados fines. 



IV 


La mujer católica es la más 
obligada a votar 


Resultaría interesante, conocer la opinión, de todas y cada 
una de las mujeres católicas con respecto al voto femenino, y 
al goce de los derechos que le han de acompañar. Quiero creer, 
que haciendo honor a la Santa Causa, coincidirán todas en su 
manera de pensar sobre este tópico, que no ha de ser otra, que 
el hacer santo uso del derecho de sufragio, y demás prerroga¬ 
tivas, campeando por los fueros de la Religión y la Moral. 

Sería vergonzoso, e indigno de nuestros antecedentes, que 
las miles de mujeres que comulgan, asisten a las funciones 
religiosas, concurren a la Procesión de Corpus, y participan 
en las obras benéficas y piadosas, llegado el momento de de¬ 
mostrar la convicción de sus creencias y sus vivos deseos de 
ver a Dios “en nuestras leyes” “en las escuelas” y “en el hogar” 
desertaran de las filas, ya ingresando en las filas contrarias 
(y son contrarias todas las que no reconocen a Dios como a 
su Señor) ora lavándose las manos como Pilatas o bien, abste¬ 
niéndose de votar, escudadas en su feminidad y en sus deberes 
de amas de casa, argumentos — estos — que nada tienen que 
ver con el asunto que traemos entre manos. 

La mujer católica, es la más obligada a votar, porque nin¬ 
gún partido está más necesitado de votos, que el católico, y 
hay que contrarrestar el efecto de los nuevos votos que apor¬ 
carán a los demás partido», las mujeres libre-pensadoras, o 
las simplemente tibias en materia religiosa. Yo no quiero decir 



— 21 — 


con esto, que la mujer católica está obligada a votar a todos 
los candidatos de la Unión Cívica ateniéndose a ojos cegarritas 
a todas sus resoluciones; puede ir más allá la mujer católica, 
hasta formar un partido aparte, pero no un partido de medias- 
tintas, sin color definido, sino: netamente católico y eligiendo 
candidato entre los católicos (o católicas) si así lo creyeran 
más conveniente. 

Y como existe más de un motivo para suponer, que la Unión 
Cívica Femenina (démosle ese nombre) tendrá mayoría sobre 
la masculina, incluso podremos influenciar en aquella para que 
vote con nosotras en lugar de ser nosotras las que nos plegue¬ 
mos a ella. Pero como todavía no estamos organizadas, y en 
la actualidad, solo los elementos de la Unión Cívica responden 
a nuestros ideales religioso-patrióticos, y existiendo un solo 
partido católico, debemos prestarle nuestro decidido apoyo. 
Cuando las mujeres católicas, estemos en plena actuación polí¬ 
tica organizada entonces será llegado el momento, de determi¬ 
nar la relación que debe existir entre el civismo católico feme¬ 
nino y el correligionario masculino. 

¡Qué gran trascendencia podría tener para el catolicismo, el 
hecho de que todas las mujeres cristianas, que según es noto¬ 
rio podrían alcanzar a muchos, pero muchísimos miles, se 
unieran formando una gran agrupación cívica católica y con¬ 
tando con un aporte seguro hicieran depender de él, el triunfo 
o la derrota de determinado candidato; ¡ qué presto tendríamos 
entonces, la igualdad'de derechos y .,. lo que más interesa: el 
triunfó de la Causa de Dios! ¡Permita El, que se transforme 
en realidad esta cara aspiración mía! 



V 

Como debemos votar las mujeres 

Tengo para mí — descartando la posibilidad de qüe las au¬ 
toridades de la Iglesia dispusieran lo contrario con respecto a 
la actuación de la mujer católica frente a las urnas — que aún 
mucho antes de que nos otorguen el derecho al sufragio y lo 
demás, todas las mujeres sin distinción de clases ni de opinio¬ 
nes, debiéramos unirnos en una inmensa agrupación política 
que podría ostentar como lema: “Agrupación (o partido) femi¬ 
nista del Uruguay” y que sería algo así como un frente único 
que aseguraría siempre el triunfo femenino y con el la sanción 
de leyes que ños favorezcan y protejan; y así, de la misma 
manera, que los distintos sectores de los grandes partidos, lle¬ 
gado el momento de luchar contra el enemigo común, llegan a 
un acuerdo, uniendo sus votos, pero separándolos luego de ter¬ 
minada la lucha, (después de las elecciones) y reconociendo 
triunfador dentro del partido al sector que obtiene mayoría 
entre ellos, el partido feminista, sería el fruto de una unión 
momentánea y pasado el período de lucha electoral, se separa¬ 
rían las distintas partes, abogando cada una de ellas por sus 
aspiraciones e ideales, saliendo triunfadora la que tuviera ma¬ 
yor número de votantes y estoy segura segurísima, que con 
este sistema el elemento católico femenino llevaría la mejor 
parte, porque es indiscutible la mayoría de las mujeres cristia¬ 
nas; todo estaría en que esas circunstancias se mostraran con¬ 
secuentes con sus ideas religiosas y yo abrigo grandes esperan¬ 
zas de que así sea. 

La formación del partido feminista, tendría esta otra venta¬ 
ja: los leaders de los partidos militantes, solicitarían su apoyo, 
deseando poder contar con los votos de los elementos que lo 
integran; entonces, las mujeres, teniendo la certidumbre de 
que le somos absolutamente indispensables, podemos aprove¬ 
charnos de esta circunstancia, para reclamar a cambio de nues¬ 
tra ayuda, la promesa formal de su ayuda ante el Parlamento 
para el logro de nuestras aspiraciones. Seránipués, los candida¬ 
tos que vendrán a nosotras en lugar de ser nosotras las que 
vayamos a ellos. 

Si formamos el partido feminista con orden y sin apresura¬ 
miento, después de detenida meditación, y estando bien orga¬ 
nizado, no es posible que fracase, más aún: es imposible que 
no triunfe. 




La mujer católica y la 
Unión Civica 


Mujeres católicas que me leéis: decidme, cuando llega el mo¬ 
mento de elegir marido, dicho con más propiedad: aceptar ma¬ 
rido, 410 deseáis que sea, y así lo buscáis: bueno entre los bue¬ 
nos, vale decir: católico? 

Y cuando sois madres, no aspiráis a que vuestros pequeños, 
lleguen a ser: santos entre los santos y en ese sentido encami¬ 
náis su educación haciéndolos — antes que nada — católicos? 
Y cuando buscáis un director espiritual para vuestras almas, 
que sea amigo discreto y buen consejero, no vais a buscarlo ni 
en los salones, ni en los teatros, ni en los cines, vais a la Iglesia, 
la morada de Dios y del sacerdote donde estáis seguras de ha¬ 
llar ese amigo en la persona del Ministro de Dios, en el cual 
podréis confiar y el que os guiará con sus santos consejos y 
buen ejemplo, porque el vive y se rige, según la doctrina de 
Cristo y obra en consecuencia porque es — antes que nada — 
católico? Y cuando la enfermedad, hace presa de vuestro cuer¬ 
po, y no hay más remedio que acudir al médico, y embolsar 
muchas veces el pudor, porque así lo exige el caso^ no llamáis 
al que ofrece mayor moralidad, más abnegación y dedicación 
al enfermo, porque en cada paciente ve a un prójimo, como él 
redimido con la sangre de Cristo, no llamáis — repito — a un 
médico católico? Y por qué — decidme — queréis que sean 
católicos el compañero de vuestra vida, vuestros hijos, el mé¬ 
dico de vuestras almas y el de vuestros cuerpos? Ya veo que 
responderéis en el acto: porque el hombre católico es el que ha 



— 24 — 


ofrecido en todo tiempo y en cualquier lugar mayores garantías 
morales, porque el hombre católico tiene un ideal y un modelo: 
Jesucristo y no puede ser malo quien lo imita; y porque el hom¬ 
bre católico tiene un freno poderosísimo para sus pasiones e 
intemperancias: la Religión. Pues bien: si en todas las circuns¬ 
tancias de la vida privada en que nos toca actuar con los hom¬ 
bres, los preferimos católicos, porque — diga lo que se diga — 
son los mejores, sería absurdo, inaudito, ridículo, que cuando 
llegara el momento de votar eligiéramos candidato anti-cató- 
lico, o nos inclináramos por algún partido que no fuera neta¬ 
mente católico, por eso la mujer piadosa uruguaya, está obli¬ 
gada — mientras ella no forme su bandera aparte, (siempre 
abrigada bajo el manto del catolicismo) a prestar su decidido 
apoyo a la Unión Cívica que es — hoy por hoy — el único 
partido católico del Uruguay, y por ende: el que ofrece segu¬ 
ridades de toda clase, y es nuestro deber secundar incondicio¬ 
nalmente su obra que desde luego, cuenta con la ayuda de Dios. 

Alguien ha sostendo por escrito (y ese alguien tiente desta¬ 
cada actuación en nuestra política) que los católicos se oponen 
a la participación de la mujer en la vida cívica; y que “el cato¬ 
licismo ha rebajado la dignidad de la mujer, considerándola y 
colocándola en un plano inferior al hombre”; y nosotras no 
creemos esas necedades y estamos seguras, muy seguras, que 
las autoridades de la Iglesia, el laicato católico masculino, y 
sobre todo la Unión Cívica del Uruguay (en quien tenemos 
puesta nuestra mirada), se encargarán de desvirtuar esas afir¬ 
maciones tan infundadas como falsas, mostrándose francamen¬ 
te partidarios de la reivindicación de la mujer frente a la ley 
tratándola cívicamente “de igual a igual” y trabajando en pro 
de las actuales aspiraciones femeninas. 

Creemos en la Unión Cívica, confiamos en su caballerosidad, 
contamos con su ayuda, y le ofrecemos la nuestra incondicional 
y eficaz. 



Vil 

El voto femenino y la vida 
de hogar 


No puede menos de hacerm'e sonreir, la absurda presunción 
de algunos, al asegurar, que el sufragio femenino traerá con¬ 
sigo, la bancarrota de la vida de hogar y la negligencia de la 
mujer frente a sus deberes familiares; nada más ridículo e 
infundado; tal afirmación no resiste al análisis razonable e 
imparcial; en concreto: Cuántas veces al año hay elecciones? 
— A veces una y a veces ninguna — Cuánto tiempo dura el 
acto de votar? — A lo sumo una hora — Y me dirán esos 
“ingenuos señores” que: el hecho de que la mujer pierda una 
hora de su tiempo, cada dos años hará fuerza y será argumento 
suficiente para negarle el derecho al sufragio? Y nos harán 
creer que el tiempo que desperdicia en visitas, baños de mar, 
teatros, cines y bailes indecorosos, estará mejor empleado que 
en esa hora que la patria le pide para que se interese en sus 
destinos? No nos tomarían los hombres por tontas si dijéramos 
nosotras que por el uso deksufragio han abandonado ellos sus 
deberes de familia y sus diarias ocupaciones si es injusto que 
nosotras aseguremos esto, por qué hemos de permitirles a 
ellos que se aventuren a asegurar lo otro. Y 

No faltará quien diga, que es exagerado el afirmar, que las 
contiendas cívicas solo tomarán a la mujer una mínima parte 
de su tiempo ya que habrá que organizar comités, realizar tra¬ 
bajos de propaganda, formar parte en las mesas de inscripción 



— 26 — 


v y en las receptoras de votos y que todo esto requiere su tiempo 
y su dedicación especial que le distraerá a la mujer muchas 
horas de sus días con detrimento de sus deberes de amas de 
casa; a estos argumentos solo cabe responder: que cada casa 
solo necesita un ama y que en todas las casas lo que abundan 
son mujeres, dicho de otro modo: que hay miles de mujeres 
solteras (que son las más) de divorciadas y viudas sin hijos 
o con hijos casados que lo que les sobra es: tiempo y que están 
deseando encontrar algo con que llenarlo npblemente y ¿qué 
cosa más noble que emplearlo en asegurar el bienestar de su 
país y de rebote: el suyo propio? 

Ténganlo bien en cuenta, los que (pudiendo hacer algo en 
pro del sufragio femenino) se aferran a este argumento para 
dejar dormir el asunto y vayan buscando razones de peso para 
negárnoslo, que cuando las encuentren ya nos resignaremos 
nosotros a quedar relegadas a segundo término con respecto 
.al hombre, mientras tanto: ¡No! 



VIII 


Aspectos de la 


propaganda 


Cuando se argumenta en contra del voto femenino, diciendo- 
que la mujer debe hacer vida de hogar, no es que se refieran 
al ejercicio mismo del derecho de sufragio, que comprende: 
la inscripción personal, una sola vez en su vida, y el hecho de 
votar que solo exige una porción insignificante de tiempo; esto 
no solo no perturbaría en lo más mínimo la vida de hogar, sino 
que tal vez la mujer lo puede hacer (sobre todo la inscripción) 
con menos trastorno en su tarea que el hombre quien a veces 
debe distraer las horas de su empleo para hacerlo. Se refieren 
más bien a la organización y propaganda que la mujer preten¬ 
derá realizar entre sus compañeras para agruparlas en torno 
a ideales comunes; y esto sí — piensan ellos — las distraerá 
de los deberes domésticos. 

Veamos los fundamentos de esta presunción: Actualmente 
la mujer católica dirige ligas, comités, conferencias, sociedades 
de beneficencia y de defensa de la moral, de la joven, de la 
familia, etc., etc., y nadie se inquieta porque esas mujeres 
— las más ejemplares — distraen su tiempo y su actividad en 
esas obras que tanto bien reportan a la sociedad. De modo que 
por ese lado de la dirección, estaría desinflado el argumento, 
aún para la mujer creyente y piadosa. 

Parecería que por el lado de la propaganda a realizarse, el 
inconveniente sería mayor, porque si bien son pocas las diri¬ 
gentes, son muchas o casi todas las dirigidas, y a éstas no se 
les puede llevar al comité o a las asambleas para catequizarlas. 
Muy bien: sería un error hacerlo, porque esos medios son an¬ 
ticuados y la mujer no los emplearía por inservibles, antes 
bien: aprovecharía los medios modernos de propaganda, que 
son muchos; uno de ellos: la radio que le abre insospechados 
y seguros caminos de propaganda. De qué cosa mejor podemos- 



— 28 — 


servirnos para hacer llegar nuestra voz a donde queremos y 
ponernos en contacto con miles de mujeres con las cuales nun¬ 
ca llegaríamos a comunicarnos de otra manera? Valiéndonos 
de la radiotelefonía podemos trabajar en pro del feminismo* 
sacudir a las apáticas y atraerse a las contrarias o cuando me¬ 
nos a las indiferentes. 

Otro medio muy eficaz para la propagación de nuestras ideas 
feministas y que permite trabajar “dentro de casa” es la pro¬ 
paganda escrita; mucho se puede hacer colaborando en tal sen¬ 
tido en diarios o revistas o bien por medio de libros, folletos 
o volantes. La propaganda deberá ser intensa, bien organizada 
y constante y cada una de las que simpaticen con esta obra 
de justicia aportará a ella lo que humanamente le sea posible 
la acaudalada: su dinero, la intelectual: el caudal de su inteli¬ 
gencia, la desocupada: su tiempo y su persona, la joven solte¬ 
ra: el tesoro de sus juveniles entusiasmos, la casada: su expe¬ 
riencia en materia de psicología masculina que puede ser de 
gran utilidad. 

Yo creo que una de las razones más poderosas que existen 
para que los legisladores sigan negándonos el derecho al su¬ 
fragio y lo demás, es: la desorganización que se observa en 
toda femenina manifestación colectiva. Es digno de hacerle 
notar — como ejemplo — el espectáculo que ofrece la entrada 
de los teatros en días de funciones extraordinarias: mientras 
el camino de acceso al paraíso permanece expedito, el de la 
cazuela ofrece desde dos horas o tres antes de empezar la fun¬ 
ción un espectáculo divertido con los cientos de mujeres que 
se arremolinan y empujan unas a otras culpándose recíproca¬ 
mente y cuando llegada la hora reglamentaria, las puertas res¬ 
pectivas se abren, entran los hombres al paraíso tranquila y 
pausadamente sin alborotos ni escándalos; en tanto las mu¬ 
jeres, toman la cazuela como por asalto, dejando muchas veces 
al portero tendido en el suelo y casi exánime. Convénzanse, 
mis conquistadoras hermanas que mientras ésto y otras cosas 
parecidas sucedan y si cada una de nosotras no reprime esos 
impulsos avasalladores, dignos de mejor causa, me parece que 
el voto femenino y demás derechos llevarán el camino del cé¬ 
lebre mate de las Morales: pronto prometido y tarde o nunca 
cebado. 

Calma, disciplina, organización, eso es lo que nos falta... 
¡La superioridad intelectual masculina! bah... tonterías, ¿el 
valor, el ánimo ? ¡ Qué nos cuenten ellos! Una sola superioridad 
sobre nosotras le reconozco al hombre: la serenidad colectiva 
pero ni de esa tampoco podrán jactarse, porque nosotras (todo 
está en que nos lo propongamos) la adquiriremos imitándolos 
y si nos lo piden sabremos estar frente a las urnas como él 
niño a quién se le ha prometido un dulce en mérito a su serie¬ 
dad: quietecitas. 




Aspiraciones jurídicas de~ 
la mujer 


La mujer, como ser capaz que es, tiene legítimo dere¬ 
cho para aspirar a la creación de leyes más amplias y benévo¬ 
las bajo las cuales pueda acogerse. 

Ojeando los códigos, ya se echa de ver a primera vista, que 
las leyes, por su esencia y estructura — han sido hechas por 
los hombres para su comodidad y provecho: El hombre es ciu¬ 
dadano, puede votar y ser elegido, la mujer: no. El hombre 
administra la fortuna de su esposa, como le da en gana, sin 
darle cuenta a la interesada, se hace obedecer ciegamente por 
ella, tiene la patria potestad de sus hijos y hace de ellos y de 
sus bienes cuanto quiere (dentro de lo legal, que no siempre 
es sinónimo de lícito). El hombre, ya sea soltero, viudo o ca¬ 
sado, dispone en absoluto de sus bienes y compra, vende e hipo¬ 
teca, según le parece, la mujer casada, en cambio ha menester 
la firma de su marido y la del Juez para poder hacerlo. 

El hombre casado, ejerce la profesión u oficio que más lé 
agrada, mientras la esposa, si quiere ganar el pan de cada día 
con, su trabajo honrado, ha de pedirle permiso a su marido, 
y se ha dado el caso de que éste, explotara a aquella, exigién¬ 
dole para sí, gran parte de su ganancia, bajo la amenaza de 
prohibirle el ejercicio de ese su oficio o profesión. Si a una . 



— 30 — 


madre se la declara incapaz (o lo mismo a un padre) son los 
hijos — no las hijas — los que administran sus bienes y hacen 
de curadores, y lo propio sucede entre hermanos en el caso de 
incapacidad de uno de ellos. 

Si una mujer sigue una carrera, se le exige el mismo pro¬ 
grama de estudios que al hombre, y sin embargo, en el ejer¬ 
cicio de su profesión (sobre todo en derecho y notariado) se 
le ponen trabas, prohibiéndole ciertas prerrogativas de que 
goza el hombre. A qué seguir? En cualquier código que haya 
una ley que interese al hombre o a la mujer, está hecha en 
forma de embudo: la parte ancha, para los hombres, las estre¬ 
checes (¿para quién habían de ser?) para la mujer; y este 
estado de cosas, a fuerza de repetirse, coloca a la mujer en 
un plano de inferioridad frente al hombre, no solo en el as¬ 
pecto legal, sino también, en todas las circunstancias de la vida 
cotidiana, y llega un momento, en que, la mujer — sea herma¬ 
na, esposa, o madre — pierde su autoridad, en materia de 
cualquier asunto, y como los niños obedientes, ante la opinión 
del hombre (¡el Rey de la Creación!) ha de permanecer ealla- 
dita; y si alguna más osada (o inteligente) se atreve a repli¬ 
carle, ya sabemos lo que sucede: ¿Cuántas veces hemos oído 
de los hombres la concebida frasecita: “¿Quién hace caso de 
cosas de mujeres?” o aquella otra: (refiriéndose a alguna ac¬ 
titud poco noble) “eso se deja para las mujeres” y si se les 
interroga sobre el “rol” o destino de la mujer, os contestan en 
tono dogmático: “La mujer, para la casa” y nuestra vida se¬ 
gún ellos, ha de girar en torno a la cocina y esgrimiendo en la 
diestra mano una espumadera o cuando menos: una aguja o 
una escoba. 

Todas estas masculinas apreciaciones, son muy bonitas y 
^enternecedoras (para ellos) pero algún día tienen que cambiar; 
está bien que tengamos la casa en orden, la ropa inmaculada, 
y la comida en su punto, para hacer agradable la estada en el 
hogar, al hombre que viene rendido del trabajo a donde ha ido 
a buscar: la ayuda material para nosotras, es decir: para que, 
con su trabajo nos vistamos, sustentemos y vivamos, porque: 
“amor con amor se paga” y el hombre — sea obrero o acau¬ 
dalado — que se gasta su fortuna o jornal (y no pocas veces 
lo que no es suyo) en ruletas o tabernas, en banquetes y mu¬ 
jeres, no tiene derecho a exigir de su esposa, a quien, no da 
nada, que sea su cocinera, mucama, etc. 

Y mientras la ley no coloque a la mujer, a la diestra del hom¬ 
bre, es decir: a su lado y en un mismo plano de igualdad, el 
hombre, que se mira en la ley como en un espejo (porque así 
le conviene) lleva el “sistema del embudo a su casa” y continúa 
sentándose — como si legítimamente le perteneciera) en la 
-ancha butaca y reservando el estrecho banquito para su mu¬ 
jer (eso, cuando no la deja sin asiento) y lo peor es, que los 



— 81 


hijos, mirándose a su vez en el padre — a quién consideran 
un super-hombre — adoptan su sistema, y la mujer: esposa 
y madre, que debía ser la Reina del hogar (porque su abnega¬ 
ción y sacrificio, bien merecen un trono) se transforma en la 
“sirvienta” de todos y en su eterna víctima. 

Mujer que me lees: si como yo has tenido la suerte de dar 
con un marido bueno y cariñoso que os considera reina y se¬ 
ñora de su hogar, óyeme: el que nosotras hayamos escapado 
a la catástrofe, no es un motivo para que nos durmamos sobre 
nuestra dicha, y es deber nuestro tender la mano a las depri- 
ihidas y convencerlas de que ellas también tienen derecho a la 
vida, al libre albedrío y a la consideración y respeto por parte 
del hombre; pensemos que en un mañana (quizá no lejano) 
un mal matrimonio puede llevar a nuestras hijas, a caer en 
manos de un hombre indigno, que valiéndose de tal o cual 
artículo del Código y amparado por la ley, la deje: en la calle, 
dilapidando su fortuna (esa fortuna que a nosotros y a nues¬ 
tros maridos nos costó tantos afanes) le niegue el sustento, 
la esclavice o explote en forma ignominiosa, sin que ellas pue¬ 
dan hacer reclamaciones de ninguna clase porque la ley no les 
da lugar a ello. 

No se necesita ser una sufragista de molde londinense: vie¬ 
ja, fea y hombruna, ni agriada solterona, ni esposa desgracia¬ 
da, para aspirar y pedir la igualdad jurídica y cualquiera mu¬ 
jer que tenga un poco de inteligencia y sobre todo: buena 
voluntad, debe trabajar por la abolición de leyes retrógradas 
y absurdas que no tienen razón de ser, y constituyen una ver¬ 
güenza para el país. 

La lucha se impone, y debemos luchar siquiera sea, por soli¬ 
daridad femenina y porque así lo exige la dignidad del sexo 
¡tan injustamente rebajada! 




Agrupación política femenina 


Para la correcta organización del civismo femenino, se hace 
necesaria una agrupación o sociedad política femenina, que, 
como entidad superior reúna, discipline, organice y proteja a 
todas las mujeres uruguayas. 

Esa entidad que en su nacimiento deberá formarse por ele¬ 
mentos femeninos de reconocido valer intelectual, conscientes 
de la sublime misión que deben realizar, tendrá en los prime¬ 
ros tiempos, un trabajo abrumador para convencer a las mu¬ 
jeres de distintas ideas y clase social de la necesidad de aco¬ 
gerse bajo una misma bandera y en una sola agrupación para 
aumentar el resultado electoral y por tanto el poder político 
necesario para conseguir las aspiraciones femeninas. 

Preveo que muchas, sugestionadas por los hombres de su 
casa, o por ser víctimas de arcaicos prejuicios, negarán en un 
principio, su concurso y su voto, y muchas otras dirán tonta¬ 
mente — como ya lo he oído decir — y refiriéndose al sufra¬ 
gio: “eso es cosa de hombres” pero después, inducidas por el 
buen ejemplo de las ciudadanas conscientes se alistarán ellas 
también y las filas se llenarán poco a poco y la “Agrupación 
femenina” de mis deseos: será. 

Y cuales han de ser los fines de esta agrupación? I.’ Lograr 
la perfecta solidaridad dentro del sexo femenino. 2. 9 Instruir 
a las ignorantes crasas en materia de leyes vigentes que afec¬ 
tan favorable o desfavorablemente su seguridad legal: dicho 
de otro modo: abrirles los ojos para que vean las condiciones 
de inferioridad en que se encuentran. 3.° Organizar los medios 
de propaganda y preparar los manifiestos-programas, folletos, 
volantes, y conferencias en distintos locales o para radio-escu¬ 
chas. Conseguidos esos fines primarios y con una absoluta 
solidaridad entre todas las mujeres nos será fácil lograr los 
ansiados derechos civiles que nos igualen al hombre e iremos 
poco a poco aprendiendo — si somos bien dirigads — a ejercitar¬ 
los mejor. Y al mismo tiempo que esta agrupación femenina re¬ 
clama por férrea disciplina las leyes que interesan a la mujer 
podrá preocuparse de los aspectos de la cosa pública descuida¬ 
dos por el hombre como la protección de la infancia, la previ¬ 
sión en todos los aspectos para salvaguardar a la mujer y al 
niño, física y moralmente de los desvíos y peligros de las 
sociedades modernas. 

¡La mujer uruguaya unida en un solo haz inquebrantable, 
.será fuerte para su bien y para el bien de ia Patria! 



XI 


La mujer, el niño y la familia 
legislados por las mujeres 


Los hombres de todos los tiempos : han sostenido y siguen 
sosteniendo, que la mujer nació para el hogar, los hijos y la 
familia, y que dentro de ese triángulo de deberes ha de desa¬ 
rrollar todas sus actividades; y bien: ¿por qué si la mujer 
sabe desempeñar con acierto sus deberes domésticos, mater¬ 
nales y familiares, y para el manejo del hogar, los hijos y la 
familia se le reconoce mayores aptitudes que el hombre, por 
qué — repito — le niega éste toda clase de derechos sobre 
aquellos, guardándose para sí. la exclusividad de las prerroga¬ 
tivas familiares y domésticas? ¿No sería más justo, que la 
mujer que está más al tanto que nadie de las necesidades del 
hogar porque vive dentro de él, palpándolas diariamente, que 
conoce mejor que nadie a sus hijos porque se pasa la vida a 
su lado estudiándolos, que se interesa como nadie por el bie¬ 
nestar de la familia que es su obra casi exclusiva, fuera quien 
dirigiera y administrara ese triple tesoro que se le ha confiado, 
que “tiene” para ella abrumadores deberes y sobre el cual, ella, 
“no tiene” ningún derecho. Ya es hora que la mujer ocupe 
“de lleno” su sitial de honor en el hogar y frente a sus hijos, 
pedimos que la mujer dirija y disponga del caudal familiar; 
en concreto: l. v Que pueda ella administrar libremente sus 
bienes sea cual fuere su estado. 2. l? Que pueda ejercer la pro¬ 
fesión u oficio que más le acomode, prescindiendo de la autori¬ 
zación marital. 3. 9 Que tenga derecho de exigirle a su marido 
una parte de su sueldo, jornal o renta para llenar las necesi¬ 
dades del hogar. 4. í> Que éste (el marido) no pueda disponer de 



— 34 — 


la mitad de los bienes gananciales que le corresponden a la 
mujer. 5.’ Que a la mujer le pertenezca en absoluto — es decir: 
con todas las prerrogativas que hasta ahora se le concedió al 
hombre — la patria potestad de sus hijos, de esos hijos que 
ella dió a luz con dolor y peligro de su vida, que ella amamantó, 
cuidó, y educó con incomparable desinterés, de los cuales ella 
no puede disponer y cuya suerte y porvenir están en manos 
del padre, de esos hijos en fin que son más de ella que de nadie 
porque se formaron en su seno y bebieron la savia de sus pe¬ 
chos. 6.’ Que la madre, a través de todo estado, ya sea casada 
o viuda (sobre todo la viuda que ha contraído nuevas nupcias) 
sea la única administradora de los bienes de sus hijos, porque 
nadie mejor que ella va a interesarse en conservarlos y au¬ 
mentarlos y desear que logren un bienestar económico. 7. 9 Que 
la mujer : esposa, madre, hermana, etc., por ser esencialmente 
maternal y amiga de proteger, sea elegida tutora o curadora, 
con preferencia al hombre en todos los casos. Sería de desear 
también: l. 9 Que en los consejos de enseñanza primaria y uni¬ 
versitaria hubiera mayoría femenina. 2. 9 Que la fiscalía de 
menores ausentes e incapaces y sus ayudantías, estuvieran 
siempre a cargo de mujeres. 8. 9 Que se crearan tribunales fe¬ 
meninos para menores delincuentes, y finalmente: que en to¬ 
das las manifestaciones de la vida nacional que interesaran a 
la mujer, el niño o la familia, estuviera la mujer a la cabeza 
de ellas. 

Me parece que los hombres, ya tienen bastante trabajo con 
preocuparse de los grandes problemas políticos, internacionales 
y de administración pública, y si esos grandes problemas (a 
pesar de lo mucho que por ellos se preocupa el elemento mas¬ 
culino) están aún sin resolverse, ¿cómo es posible que le sobre 
al hombre, tiempo y “caletre” para ocuparse de los problemas 
esencialmente femeninos, familiares y domésticos? En bien 
común, sería de desear que ellos quedaran por cuenta exclusiva 
de la mujer, yo creo que con ello no se perdería nada, es más: 
c: 9 o ,.. que se ganaría mucho. 


■oo- 



XTI 


Nuevos sistemas de protección 
legal de la mujer 


Ha sonado la hora de la reivindicación de la mujer. Si las 
cosas se arreglaran como debieran arreglarse, sería cuestión 
de reformar totalmente los códigos empezando por el Código 
Civil, qué, hoy por hoy, no ofrece a la mujer, — en el orden 
social, familiar y económico — garantías de ninguna clase, 
pero como esto no va a ser posible hacerlo, porque los legisla¬ 
dores pondrían el grito en el cielo si lo intentáramos, veamos 
hasta donde podemos mejorar (siquiera sea con el deseo) este 
estado de cosas que ya es tiempo que termine. 

La protección legal de la mujer, ha de empezar desde la cuna, 
obligando a los padres a que eduquen e instruyan a sus hijas 
—r de acuerdo con sus medios—en la misma proporción que 
a los hijos, prohibiendo en absoluto el sistema erróneo que se 
sigue hasta ahora, de proporcionar carrera a los varones, con 
perjuicio del porvenir de las mujeres, conservando a éstas en 
la ignorancia, obligándolas a las mayores economías y a los 
más rudos trabajos, para que el hermano pueda estudiar y 
lograr un título; todo esto estaría bien hasta cierto punto, si 
■éste (el hermano) — por este hecho -^ quedará obligado a 



— 36 — 


mantener, a ias que por él se sacrificaron, pero ya sabemos 
que casi siempre no sucede así. La primera ley de protección 
legal de la mujer sería pues: obligar a los padres a instruir 
a sus hijas, en la misma forma que a sus hijos, dándoles pro¬ 
fesión u oficio arreglado a sus medios; y de acuerdo con las 
aptitudes de aquellas, o dinero equivalente al que se invierte 
en proporcionar carrera a los hijos varones. 

Hay que garantizar también el trabajo de la mujer, que ac¬ 
tualmente está mal remunerado con relación al del hombre; 
si aquella, en su lucha por el cotidiano vivir, da — física e 
intelectuaímente — lo mismo que su compañero de trabajo, 
¿por qué se le ha de pagar menos que a aquél? al contrario: 
considerando que el esfuerzo físico que hace ella para igualarlo 
es digno de tomarse en cuenta y por lo mismo debiera premiar¬ 
se. Además: la mujer en su paso por las fábricas, universida¬ 
des y en cualquier rama de trabajo, se expone moralmente, 
ya que ve abiertos mil caminos de perdición, por su contacto 
diario con el hombre, por otra parte: la miseria, que es muy 
mala consejera, la empuja muchas veces a aceptar relaciones 
ilícitas que le permitan una mayor holgura económica, todo 
esto es muy de tenerlo en cuenta así como las trabas que se le 
ponen a cada momento en el cumplimiento de sus tareas de 
todo lo cual se deduce la urgente necesidad de la creación de 
leyes amparadoras para la mujer estudiante, la profesional y 
la obrera. 

Pedimos: 1.® Toda clase de garantías morales para la mujer 
que trabaja, penando severamente la falta de respeto, el trato 
denigrante, las insinuaciones escandalosas y toda falta de con¬ 
sideración al sexo femenino trabajador por parte del sexo 
contrario. 2.° Que el trabajo de la mujer sea equitativamente 
retribuido ganando ésta lo mismo que el hombre en igualdad 
de condiciones. 3. 9 Que se le supriman toda clase de trabas a 
la mujer profesional y goce de todas las prerrogativas del hom¬ 
bre dentro de la misma profesión. En otro orden: es tiempo 
también, que se obligue a indemnizar al hombre que ha dado 
palabra de casamiento a una mujer y que sin motivo falta a 
ella. Se impone también: que la mujer viuda que ha contraído 
nuevas nupcias, como el viudo en igualdad de condiciones ten¬ 
gan la patria potestad de sus hijos de un matrimonio anterior, 
y administren sus bienes con obligación de rendir estrecha 
cuenta de esa administración ante quién corresponda y obli¬ 
gándose así mismo a conservar y aumentar si es posible ei 
caudal confiado a su custodia para que pase intacto a manos 
de los hijos cuando lleguen estos a la mayoría de edad. Res¬ 
pecto a la mujer casada, son ¡tan pocas! (por no decir: nin¬ 
gunas) las garantías que les ofrece la ley que urge reformar 
el Código Civil — pues en ese aspecto huele a humedad de 
puro antiguo — y hacerle las debidas reparaciones como a un 



— 37 — 


edificio muy viejo que se desmorona poco a poco. Como me 
interesa sobremanera el porvenir legal de la mujer, y aunque 
repita muchas cosas archidichas en anteriores artículos, vol¬ 
veré a insistir eii ellas pidiendo (no sé a quien — y sin nin¬ 
guna autoridad para hacerlo) — se adopten las siguientes re¬ 
formas que yo considero urgentes y de todo punto necesarias: 

1. 9 Que la mujer casada administre sus bienes prescindiendo 
de la colaboración del marido y que no pueda ella, vender ni 
gravar sus bienes raíces sin autorización del Juez y previa 
comprobación de la necesidad de hacerlo para el bien pecuniario 
de la misma mujer; a este efecto se nombrará una comisión 
investigadora, mitad femenina, mitad masculina, que se encar¬ 
gará de hacer las debidas averiguaciones para evitar que las 
venias se otorguen con excesiva facilidad como hasta ahora. 

2. 9 Que la mujer tenga la patria potestad de sus hijos y le ad¬ 
ministre sus bienes (en lugar del hombre) responsabilizándose 
ante el fiscal de menores. 3. 9 Que pueda ejercer la profesión, 
oficio o empleo más de acuerdo con sus aptitudes sin autoriza¬ 
ción marital administrando y disponiendo libremente del pro¬ 
ducto de esas ocupaciones. 4. 9 Que pueda así mismo, adquirir 
con el producto de su trabajo, toda clase de bienes administrán¬ 
dolos y disponiendo de ellos libremente. 5. 9 Pueda aceptar he¬ 
rencias o donaciones como así mismo en nombre de sus hijos 
menores e incapaces. 6. 9 Durante el matrimonio, que pueda la 
mujer con autorización judicial, disponer de los bienes propios 
del marido y de los bienes gananciales que el marido administre 
para atender su subsistencia y la de los hijos menores de 18 
años cuando el marido se encuentre imposibilitado por conde¬ 
na, enajenación mental, ausencia o siempre que sin causa seria 
se niegue a hacerlo. 7. 9 Que pueda también la mujer formar 
parte de asociaciones civiles y comerciales y de sociedades coo¬ 
perativas. 8. 9 Que Ja mitad de los bienes gananciales no respon¬ 
dan por las deudas del marido. 9. 9 Que éste (el marido) si así 
lo desea la interesada administre los bienes de su mujer con 
obligación de rendir cuenta por las rentas o los frutos percibi¬ 
dos. 10. 9 Para que el marido administre los bienes de la esposa 
ha de ser con el beneplácito o autorización de ella (sin perjui¬ 
cio de retirarla en cualquier momento y con la venia judicial en 
ambos casos. II. 9 Que esa fórmula tan vaga, imprecisa e injusta 
del Código Civil: “la mujer debe obediencia a su marido” que 
no determina cuando y donde debe empezar y acabar esa su¬ 
misión de la mujer, sea cambiada por esta otra más humana 
v más de acuerdo con la época actual: “los cónyuges se deben 
recíprocamente, protección y respeto”. 12. 9 Que se le reconozca 
a la mujer de una vez por todas el derecho al sufragio com¬ 
prendiendo el electorado y la elegibilidad para cualquier clase 
de cargos. 



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Mi ignorancia en materia de leyes, me impide estudiar más 
detalladamente las posibles reformas de que es suceptible el 
Código Civil, y en menor escala los demás Códigos, en bien 
de la mujer, dejo pues para las más entendidas (o entendidos) 
el estudio detenido de las mismas, afirmando por mi parte y 
completamente convencida de ello, que todas las medidas de 
protección legal de la mujer que se tomen, serán pocas y todas 
las reparaciones que se le hagan — aunque sean muchas — no 
bastarán a borrar las mil injurias inferidas al sexo femenino 
tan injustamente ultrajado. En consecuencia: la proyectada 
reforma de los Códigos — por más ventajas que ofrezca a la 
mujer — no tendrá nada de extraordinario, ya que se impone 
como obra de extricta justicia. 



Desde el principio de mi folleto (si tal puede llamarse) estoy 
tratando de convencer a los señores legisladores de la necesidad 
de cambiar los actuales sistemas de los Códigos en la parte 
que interesa a la mujer, y tratando así mismo de interesar a 
ésta en la formación de las leyes nuevas, mas... segura de 
mi escaso poder de convicción termino por rogar a ambos quie¬ 
ran meditar por sí mismos sobre la necesidad de las reformas 
legales que se imponen para estar a tono con la época. Sobre 
todo interesa, que la mujer católica, así como el elemento cató¬ 
lico masculino, — que en el fondo simpatizan con el actual mo¬ 
vimiento feminista, y de ello estoy convencida — se pronun¬ 
cien cuanto antes sobre el particular y de una vez por todas 
empiecen a trabajar seriamente en asunto de tal importancia. 
¿Saben los católicos y católicas que ganaremos con mantener¬ 
nos en silencio mientras están en juego intereses tan altos? 
pues nada menos que dejar el campo libre a los enemigos de 
la Religión y permitir que, en el porvenir, ellos puedan jactarse 
— con razón — de que la reivindicación de la mujer ha sido 
su obra exclusiva. 

Si el catolicismo simpatiza con esta obra y la mujer católica 
también, ¿a qué conservar este mutismo y esta neutralidad 
fingida? 

¿Seremos tan tontas las mujeres cristianas que mientras las 
ateas tratan de imponer el sufragio y demás derechos, resol¬ 
viendo a su antojo los grandes problemas femeninos, nosotras 
permanezcamos sentadas viéndolas trabajar y dejándolas ha¬ 
cer? Después si se crean leyes anti-católicas o de dudosa mo¬ 
ralidad, no nos quejemos, que ellas — más que de la actividad 
de las acatólicas — son obra de nuestra apatía e indiferentismo 
indigno de las ideas y creencias que profesamos y de nuestra 
voluntad para el bien que en todo momento ha de transfor¬ 
marse en acción. — M. N. M. de B.